La gaviota

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—¿Y el duque? —preguntó después de algunos instantes de silencio—. Debéis conocerle, pues en su casa fue donde creo haberos visto.

—¿En casa de la duquesa de Almansa? Sí, en efecto, esa señora me encargaba de la distribución de algunas limosnas. Se ha ido a Andalucía con su marido y toda su familia.

—¡Conque estoy sola y abandonada! —exclamó entonces la enferma, cuyos recuerdos se agolpaban a su memoria, siendo los primeros los más lejanos, como suele suceder al volver en sí de un letargo.

—¿Y qué? ¿No soy yo nadie? —dijo la buena hermana de la caridad, circundando con sus brazos a María—. Si antes me hubieran avisado, no os hallaríais en el estado en que os halláis.

De repente salió un ronco grito del dolorido pecho de la enferma.

—¡Pepe!…, ¡el toro!… ¡Pepe!…, ¡muerto!…, ¡ah!

Y cayó sin sentido en la almohada.


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