La gaviota

La gaviota

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—Ya caigo en la cuenta —dijo—; en efecto, el capitán general tuvo la idea de endosarme esa letra de cambio.

—¿Y qué tal era mi presunta prima?

—Fea como el pecado mortal. Su espaldilla izquierda se inclinaba decididamente hacia la oreja del mismo lado, y la derecha, por el contrario, demostraba el mayor alejamiento por la oreja su vecina.

—¿Y qué respondiste?

—Que no me gustaban las píldoras ni aun doradas.

—Mal hecho —dijo el general.

—Mal hecho era su torso, señor.

—Y más sabiendo —dijo la condesa— que… —No acabó la frase al notar que una expresión penosa, como de amargo recuerdo, se había esparcido en la abierta y franca fisonomía de su primo.

—¿Es feliz? —preguntó.

—Cuanto es posible serlo en este mundo —respondió la condesa—. Vive muy retirada, sobre todo desde que se han presentado síntomas de hallarse en estado de buena esperanza, según la expresión alemana de que servía don Federico, expresión harto más sentida, y menos meliflua que la inglesa de estado interesante, a la cual hemos dados carta de connaturalización…


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