La gaviota
La gaviota —Hagamos la prueba —repitió el hermano Gabriel.
La gente del pueblo en España cree generalmente que el mejor medio de hacerse entender es hablar a gritos. La tÃa MarÃa y fray Gabriel, muy convencidos de ello, gritaron a la vez, ella: «¿quiere usted caldo?», y él: «¿quiere usted limonada?»
Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, preguntó en español:
—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?
—El señor —respondió la anciana— es el hermano Gabriel, y yo soy la tÃa MarÃa, para lo que usted quiera mandar.
—¡Ah! —dijo Stein—, el Santo Arcángel y la bendita Virgen, cuyos nombres lleváis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladora de los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien que me habéis hecho.
—¡Habla español —exclamó alborozada la tÃa MarÃa—, y es cristiano, y sabe las letanÃas!
Y llena de júbilo, se arrojó a Stein, le estrechó en sus brazos y le estampó un beso en la frente.
—Y a todo esto, ¿quién es usted? —dijo la tÃa MarÃa, después de haberle dado una taza de caldo—. ¿Cómo ha venido usted a parar enfermo y muriéndose a este despoblado?