La gaviota
La gaviota —Hermano Gabriel —replicó la tÃa MarÃa—, desde la bendita Constitución todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobierna en lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y por esto no han querido que los judÃos tengan rabo, y toda la vida lo han tenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligaron a ello, como lo obligaron a decir en la misa rey constitucional.
—¡Bien podrá ser! —dijo el hermano.
—No será judÃo —prosiguió la anciana—, pero será un moro o un turco que habrá naufragado en estas costas.
—Un pirata de Marruecos —repuso el buen fraile—; ¡puede ser!
—Pero entonces llevarÃa turbante y chinelas amarillas, como el moro que yo vi hace treinta años cuando fui a Cádiz: se llama el moro Seylan. ¡Qué hermoso era! Pero para mÃ, toda su hermosura se le quitaba con no ser cristiano. Pero más que sea judÃo o moro, no importa: socorrámosle.
—Socorrámosle aunque sea judÃo o moro —repitió el hermano.
Y los dos se acercaron a la cama.
Stein se habÃa incorporado y miraba con extrañeza todos los objetos que le rodeaban.
—No entenderá lo que le digamos —dijo la tÃa MarÃa—, pero hagamos la prueba.