El Alcalde de Zalamea
El Alcalde de Zalamea ISABEL: ¡Padre y señor!
CRESPO: ¡Hija mía!
REBOLLEDO: Retírale, como has dicho.
CRESPO: Hija, solamente puedo
seguirte con mis suspiros.
Llévanle y sale JUAN
ISABEL: ¡Ay de mí!
JUAN: ¡Qué triste voz!
CRESPO: ¡Ay de mí!
JUAN: ¡Mortal gemido!
A la entrada de este monte
cayó mi rocín conmigo,
veloz corriendo, y yo ciego
por la maleza le sido.
Tristes voces a una parte,
y a otra míseros gemidos
escucho, que no conozco,
porque llegan mal distintos.
Dos necesidades son
las que apellidan a gritos
mi valor; y pues iguales,
a mi parecer, han sido,
y uno es hombre, otro mujer,
a seguir ésta me animo;
que así obedezco a mi padre
en dos cosas que me dijo:
«Reñir con buena ocasión,