El Alcalde de Zalamea
El Alcalde de Zalamea con valor dentro del pecho.
Isabel, vamos aprisa;
demos la vuelta a mi casa;
que este muchacho peligra,
y hemos menester hacer
diligencias exquisitas,
por saber de él, y ponerle
en salvo.
ISABEL: (¡Fortuna mía, [Aparte]
o mucha cordura o mucha
cautela es ésta!)
CRESPO: Camina.
(¡Vive Dios que si la fuerza [Aparte]
y necesidad precisa
de curarse hizo volver
al capitán a la villa,
que pienso que le está bien
morirse de aquella herida
por excusarse de otra
y otras mil, que el ansia mía
no ha de parar hasta darle
la muerte!) ¡Ea! Vamos, hija,
a nuestra casa.
Sale el ESCRIBANO
ESCRIBANO: ¡Oh, señor,
Pedro Crespo! ¡Dame albricias!
CRESPO: ¿Albricias? ¿De qué, escribano?