La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes
Entramos a la Escuela pasando a un amplio patio donde varios celadores, con sendas listas, llamaban por apellido haciendo formar filas a los nombrados.
Entre los iniciados había un apreciable número de chiquilines que usaban pantalón corto, recién egresados del establecimiento primario. Al encontrarnos perdidos en un mar de caras desconocidas, experimentábamos una sensación indefinible, mezcla de orgullo, de alegría y de timidez.
Sobraban los motivos de satisfacción al lograr el ingreso, salvando las muchas dificultades que se oponían a la ansiada inscripción; y nos enorgullecía sabernos situados en el plano de superioridad que implicaba la prosecución de los estudios. Pero al vernos entre tanta gente desconocida, nos sentíamos empequeñecidos ante la expresión audaz y segura de los camaradas, de los años superiores.
¡ Cuántos adolescentes, desorientados y asustados por el cúmulo de hechos nuevos que a cada instante sucedían, hubieran deseado estar cerca de la madre y buscar protección asiéndose a sus faldas!
