La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Había aparecido una nefasta organización militarizada: la "Legión Cívica Argentina"; nada tenía de cívico y menos aún de argentina, porque, como los exaltados nacionalismos, copiaba servilmente una barbarie foránea: el fascismo. Los choques entre "legionarios" y estudiantes no eran raros y no obstante la impunidad de que aquéllos gozaban, no tardaban en huir cobardemente cuando veían que éstos les hacían frente.
A pesar de la policía y los cívico-fascistas, las columnas marchaban alternando las canciones argentinas con las rojas estrofas que cantaban a la redención humana.
Salían de labios de trabajadores del músculo y del cerebro, labios de soñadores de un mundo mejor, más fraternal. Las organizaciones obreras eran, entonces, verdaderos centros de lucha y de perfeccionamiento; los trabajadores, embravecidos en la cotidiana fajina, no permitían su explotación por seudo-dirigentes y apóstatas; un sentido de libertad individual y una conciencia social los animaba y acostumbraban a pensar por sí mismo, sin recibir órdenes, sin admitir incondicionalidades a patronos y menos aún, a negociadores del obrerismo.
Por eso tales manifestaciones tenían el valor de la autenticidad. Las columnas continuaban sus marchas, siempre hacia adelante, cantando con devoción su admirable himno: