La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Éste no tenía ganas de escribir aquella noche, aunque justo es reconocerlo siempre le ocurría lo mismo; pero aquella vez, en particular, no quería tomar dictados. Como no era elegante expresarlo así crudamente buscó un motivo: se levantó de su banco, hizo apartar a su compañero, luego a otro, a otro más, registrando los respectivos pupitres para hallar sus apuntes.
Los demás, solícitos, atentos, con un comedimiento especial que ningún motivo justificaba si no fuera el de armar escándalo, se preocuparon por saber qué buscaba; y él les aclaró: "Mis apuntes".
Tuvo una respuesta unánime: "Yo también te ayudo a buscarlos".
Nadie pensó averiguar cómo eran esos apuntes, ni qué materia trataban. ¿Eran hojas sueltas? ¿un cuaderno o un libro, tal vez? Nadie lo sabía. Por otra parte, ¿para qué necesitaban saberlo si ninguno pensaba hallarlos?
El que ocupaba el primer asiento de la primera fila empezó a revisar los cajones de útiles de toda la clase, menos el propio; y así, sucesivamente, cada uno de los presentes.
En menos de treinta segundos la división integra, excepto Souza, desoyendo las amenazas y protestas del profesor, hurgaba y revolvía los bancos.