La barra de los tres golpes

La barra de los tres golpes

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VII

 

 

En orden de importancia por lo que atañe a jarana seguía caligrafía, materia confiada al joven y entusiasta Dr. Ángel de Luca, cuyas buenas cualidades las anulaba un defecto: creía que su asignatura constituía todo el programa escolar y olvidaba que los del turno de la noche trabajaban durante el día. Los abrumaba con deberes: páginas y más páginas de ejercicios se sucedían de una clase para otra, sin que hubiese tiempo para prepararlas. Cuando llegaba el momento de la presentación resultaba forzoso quedarse hasta las dos o las tres de la madrugada, llenando las carillas reglamentarias. Lógicamente, no se aprendía caligrafía.

Encargó en una ocasión, gráficos demostrativos de la letra redondilla; como Oberdan y yo los sabíamos hacer por haberlos aprendido meses antes, los preparamos para varios compañeros, estableciéndose un trueque intelectual; así, a cambio de caligrafía, Vázquez enseñaba contabilidad.

El Dr. de Luca no se limitaba a explicar; acostumbraba a pasar por los diversos bancos sentándose al lado de sus ocupantes; revisaba sus trazos corrigiéndolos en los casos necesarios. Eran esos los momentos en que aumentaba la charla y subía de tono la lucha de tizas y de pelotas de papel, hasta que intervenía el profesor.


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