La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes El ing. Aldini, al término de su programa, llevaba ataques cada vez más vehementes contra los empleados públicos que no querían trabajar. Sus consejos le granjeaban profundo aprecio; en ellos encaraba nuevos aspectos de la vida y una forma de vivir más sana y más optimista.
El profesor de caligrafía seguía fiel a su manía de abrumar con planas y más planas de ejercicios. No había tiempo para hacerlos, ni sobraba entusiasmo. Ello causaba, lógicamente, una disminución de la efectividad de la enseñanza y un desmejoramiento de la letra, pues para cumplir con él, había que escribir hasta la madrugaba o anular las pocas horas del domingo que quedaban para descansar.
En los últimos meses de 1928 no quedaba un solo alumno sin trabajar. Los que poco antes estaban desocupados, habían conseguido empleo. Los horarios de entonces eran más prolongados que los actuales; no había sábado inglés, ni vacaciones pagas, ni indemnización por despido.
Los que vivían lejos de sus ocupaciones madrugaban, aunque se acostaban tarde; los deberes que se daban para la casa, se preparaban luego de llegar al hogar. Saliendo de la escuela a la 23, difícilmente podían prepararse las lecciones antes de medianoche. ¿Cómo era posible, pues, con tan pocas horas para el sueño dedicar tanto tiempo a las planas de caligrafía?