La barra de los tres golpes
La barra de los tres golpes Por todos los ámbitos de la escuela escuchábase el ruido ensordecedor de los muebles golpeados y de los gritos destemplados de los improvisados cantores.
Afortunadamente para el arte no tardaba mucho en llegar el jefe de celadores, quien, con unas cuantas suspensiones y una no menor porción de improperios, ponÃa punto final al espectáculo. Pero apenas se retiraba, una sucesión de onomatopeyas daba respuesta a sus insulto.
Dos accidentes dignos de mención acaecieron al comenzar aquel año. Uno de ellos no tuvo mayores consecuencias; pero el otro, desgraciadamente, fue el fin de una existencia.
El primero ocurrió una noche en que, por ausencia de un profesor, anticipóse la salida en una hora.
Con la alegrÃa de esa libertad, bajáronse las escaleras a tal velocidad y con tanto impulso que algunos cruzaron la calle sin advertir el tránsito de vehÃculos. Hubo quien pudo detenerse a tiempo; pero no le ocurrió lo mismo a Oberdan Caletti que, atropellado por un auto, rodó con gran estrépito por el pavimento.
