En la sangre
En la sangre
La situación entretanto mejoraba en la calle de San Juan. Consagrado sin cesar, noche y dÃa, a su mezquino tráfico ambulante, con el inquebrantable tesón de la idea fija, continuaba arrastrando el padre una existencia de privaciones y miserias.
Lavaba la madre, débil y enferma, de sol a sol, no obstante pasaba sus dÃas en el bajo de la Residencia.
Genaro por su parte, bajo pena de arrostrar las iras formidables del primero, solÃa entregarle el fruto de sus correrÃas, de vez en cuando llevaba él también su pequeño contingente destinado a aumentar el caudal de la familia.
Arrojado a tierra desde la cubierta del vapor sin otro capital que su codicia y sus dos brazos, y ahorrando asà sobre el techo, el vestido, el alimento, viviendo apenas para no morirse de hambre, como esos perros sin dueño que merodean de puerta en puerta en las basuras de las casas, llegó el tachero a redondear una corta cantidad.
Iba a poder con ella realizar el sueño que de tiempo atrás acariciaba: abrir casa, establecerse, tener una clientela, contar con un número fijo de marchantes; la ganancia de ese modo debÃa crecer, centuplicar, era seguro... ¡Oh! ¡serÃa rico él, lo serÃa!
