En la sangre

En la sangre

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Momentos antes de dar fin al espectáculo, abandonaba su asiento, él, poníase de prisa el sobretodo, corría a situarse en el vestíbulo, junto a la puerta de salida por donde ella debía pasar y, escurriéndose, haciendo eses entre la concurrencia agolpada, la seguía luego hasta el carruaje, hasta su casa, por la vereda de enfrente, deteniendo el paso, cuando, en noches serenas y templadas, se retiraba por acaso la familia a pie.

A las horas de paseo por la calle de la Florida, en el atrio de la Catedral, a la salida de misa de una, en el Retiro después, en todas partes, siempre, infaliblemente, donde estaba ella como su sombra estaba él.

Sólo en Palermo no se le veía; jamás iba.

¿Y cómo habría ido, en coche de plaza, en un cascajo roñoso, tirado por dos sotretas mosqueadores con algún bachicha de sombrero de panza de burro o algún mulato compadre en el pescante?

¡Ni a palos... bonito, lindo papel, un papel fuerte iría a hacer a los ojos de la otra que se largaba de todo lujo, en calesa descubierta con cochero de librea y una yunta de buenos pingos!...

¿A caballo? Tampoco, estaba mandado guardar, era de guarangos eso.

¿En carruaje alquilado en corralón? Menos aún, peor que peor, quiero y no puedo, era mostrar la hilacha, esotro, era miseria y vanidad...

Prefería quedarse en su casa.


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