En la sangre

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- XXI -

 

Una vez realizado su deseo, vendidos los fondos y comprada la americana, no fue ésta ya, no fue coche, fue el Club.

Contábase, naturalmente el padre entre los miembros del Progreso, y asistía Máxima a los bailes. ¿Qué figura hacía entretanto él, Genaro, a los ojos de su novia? Lo bueno, lo mejor de Buenos Aires se encontraba reunido allí. El mero hecho de ser socio, de tener acceso a ese centro, era como un diploma de valer social, de distinción.

Bastaba que llegara a verse excluido un nombre de la lista, para que, por eso sólo, como una sombra lo envolviera, recayese sobre él una sospecha, una vaga presunción, inspirase una incierta desconfianza y se viese uno expuesto a ser tildado, ya que no de mulato o de ladrón, de guarango, por lo menos, de individuo de medio pelo, de tipo, de gentuza.

Luego; el baile, eso de que agarraran a las mujeres, las abrazaran, las apretaran, como si fuese asunto de ponerse a chacotear con ellas, no le entraba a él; maldita la gracia que le hacía, pensar que se la estaban manoseando a la polla, nada más que porque era a son de música la cosa.


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