En la sangre
En la sangre Si no adelantaba camino así, con esa facilidad de verla, de estar, de hablar con ella horas enteras, a sus anchas; si no conseguía que maduraran las cosas de ese modo, bien podía largarse a freír buñuelos, ¡era más que infeliz, que desgraciado!
Sí, evidentemente, sin duda alguna debía hacerlo, a todas luces le convenía... Pero, ¿y?... querer no era poder, que lo admitiesen, en eso estaba el negocio, la gran cuestión, en no exponerse a un rechazo, a que le fuesen a arrimar con la puerta en las narices y a sufrir él un bochorno inútilmente... no las tenía todas consigo...
Mucho, sin embargo, debía consistir en la persona, en quien lo presentase, en que fuese alguno de posición, de importancia, alguien capaz de influir, de pesar sobre el ánimo de la Comisión, y que hablara, que tomara la cosa con calor y se interesase por él llegado el caso.
¿Quién entre sus conocidos, entre sus amigos? ¡Contaba con tan pocos!; amigo, amigo verdadero, podía decir, que con ninguno; y todo por culpa suya, a causa de su modo de ser, de su carácter, de ese maldito don de malquistarse con los otros, de acarrearse la antipatía y la malquerencia de cuanto bicho viviente lo rodeaba.
Pensó primero en su abogado.