En la sangre

En la sangre

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- XXIII -

 

Ocho días, ocho mortales días debían pasar durante los cuales se hallaría su nombre en la picota, escrito con todas letras sobre un pliego de papel, en un lugar visible, expuesto a las miradas de todos... Era obligatorio, era de reglamento eso, habíale dicho Carlos.

¡Bien haya!... ¡y tanta antipatía, tanta mala voluntad que le tenían!...

Si por el sólo placer, por el sólo prurito de causarle daño, alguien, alguno de sus conocidos, de sus antiguos compañeros de aula, fuese a hacer su triste historia, a revelar su vida y milagros en el seno de la comisión, su familia, su padre, su madre, su infancia, el conventillo de la calle de San Juan, todo ese pasado de miseria y de vergüenza, el cuento en fin del chino del mercado, repetido de boca en boca, público, proverbial entre los estudiantes de la Universidad, todo sería sacado a colación, todo, con pelos y señales, saldría a luz... lo hundirían con eso... ¡lo mataban!

Y en la zozobra, en las ansias de la espera, el tiempo se eternizaba, las horas se volvían siglos para él.

Sombrío, taciturno, veíasele vagar, errar a la aventura, día y noche perseguido por la incesante obsesión; que le cerraran las puertas, que lo expulsasen, que ignominiosamente, por indigno lo rechazasen.


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