En la sangre
En la sangre ¿O era que lo había echado en olvido, preocupado tan sólo de sus asuntos?... Imposible, habiendo todo lo que le iba a él en la partida... ¡habría sido imperdonable de su parte, como para quebrar con él, como para echarlo en hora mala y no volver a hablarle en la vida!...
Por fin, después de esperar en vano hasta las once, notó Genaro que uno de los mozos se acercaba trayendo un papel, como una carta en la mano.
-Esto, señor, me ha entregado hace un instante el portero; dice que lo han dejado para usted.
Encendido de súbito, rojo de emoción, un tinte lívido, terroso de cadáver, bañó luego el semblante de Genaro. Temblaba el papel entre sus dedos; acababa de leer la dirección, era de Carlos la letra...
¿Por qué en vez de ir, le escribía?
Y violentamente, nerviosamente, sin darse él mismo tiempo a más, rasgó el sobre de la carta:
«Mi querido Genaro, pudo ver cómo al través de un humo espeso, varias veces obligado a restregarse los ojos, nos ha ido mal, no obstante mi mejor voluntad y mi empeño en obsequio tuyo.
Pero, qué quieres, la gente ésta es así, vana y hueca, hinchada como pavos reales.
Todo lo que he podido obtener es que se dé por retirado o, mejor, por no recibido tu asunto.