En la sangre
En la sangre Diez minutos después, sin embargo, anunciaban hallarse listo el carruaje. Su dueño entonces, sin esperar a más, poniéndose de pie y sacando del bolsillo su tarjeta:
-Reitérole, señor, mi más sincero agradecimiento, -dijo- usted en mí a un humilde servidor.
-Ésta es su casa caballero; estamos aquí a las órdenes de usted.
Y atentamente, desde el borde de la barranca, despidió el viejo a su huésped.
«Genaro Piazza», leía de vuelta, al dirigirse de nuevo junto a su mujer y su hija:
-No conozco, no sé quién pueda ser... pero parece muy bien el joven, muy fino y muy decente...
-¡Magnífico, espléndido, impagable! -exclamaba el otro para sí saltando en su asiento de alegría, mientras, suelta la rienda del caballo, alejábase envuelto entre el torbellino de polvo del camino.