En la sangre
En la sangre
Moderó su marcha a la distancia; avanzaba al tranco el carruaje, perplejo, irresoluto su dueño.
¿SujetarÃa, entrarÃa? PodÃa hacerlo, le habÃan dado ese derecho, iba sin duda alguna a recibirlo la familia, no peligraba de seguro que lo echasen a la calle con cajas destempladas... pero... ¿de qué les hablarÃa él, sobre qué conversarÃa, cómo explicar su presencia allÃ, sin causa, sin pretexto ahora?
Aproximábase entretanto, iba llegando ya, iba a cruzar frente al portón de entrada. HabrÃase dicho desierta la quinta, inhabitada; a nadie se distinguÃa, un gran silencio reinaba. ¡SÃ, qué canejo, a Roma por todas partes, de los osados era el mundo!...
Y, como si una mano extraña empuñara las riendas del carruaje, siguió éste andando, sin embargo, continuó Genaro, al trote de su caballo, con dirección a Belgrano.
Tocaba, frente a la estación, una banda de música en momentos en que él llegaba. Bajo la doble fila coposa de las calles de paraÃsos, numerosa afluencia de personas se notaba, familias que residÃan durante los meses de verano en el pueblito, otras que salÃan de la ciudad en sus carruajes, gente que iba a caballo o en el tren.
