En la sangre
En la sangre
Tal cual habÃaselo imaginado y lo anhelaba, un dÃa de fiesta, en que, por excepción, llegó a ser más numerosa la asistencia, oyó Genaro que murmuraba la madre de Máxima al cruzar junto a él:
-Me sentarÃa, ¿dónde, si están todos llenos los asientos?
-Aquà señorita... permÃtame señora... -diose prisa a exclamar aquel poniéndose de pie bruscamente.
-No, señor, de ningún modo... ¿y usted?
-¡Oh! yo... no se ocupe usted de mÃ.
-Es mucha amabilidad, mucha galanterÃa la suya y le agradezco y acepto señor, porque me siento de veras algo fatigada.
¿Acababa de hablar la vieja sin echar de ver que se hallaba cerca de él, o con su intención lo habÃa hecho, cansada de andar rodando, se habÃa valido de ese medio para que le cediese el asiento?
Casualidad o no, ¿qué le importaba?... Estaba rota la escarcha, habÃa pasado el Rubicón, ¡podÃa apretar ahora las clavijas!...
Y a pretexto una vez más de la invocada fatiga de la señora, en momentos de retirarse ésta con su hija, ofreciose Genaro a conducirla hasta el carruaje:
-Hemos venido a pie, estamos tan cerca...
-Con más razón entonces, dÃgnese usted apoyarse en mÃ, señora, tomar mi brazo.
