En la sangre
En la sangre
Alcanzaba el oído a percibir de lejos como la sorda crepitación de un horno; abiertas las ventanas, todas, de par en par, como en montones por ellas caía, derramábase la luz sobre la plaza; ganduleaban los curiosos ocupando las veredas frente a las puertas de reja de la entrada; la chusma de pilluelos, traficantes de contraseñas, pululaba en media calle y, al ir a penetrar, repleto todo de gente hasta el vestíbulo, un tufo se sentía caliente y fétido, salía del teatro en bocanadas como el aliento hediondo de una fiera.
Aumentaba el rumor, crecía el tumulto, subía de diapasón, llegaba a ser algazara, una algazara infernal adentro; no en la sala, no en el vasto desplayado del proscenio y la platea, donde moros y cristianos confundidos, turcos, condes y pastoras en amoroso consorcio, silenciosa y gravemente y zurdamente se zarandeaban, hamacaban el cuerpo al compás de las mazurcas y habaneras. Apenas el falsete atiplado de algún mocito compadre llegaba a arrojar una nota agria en el conjunto, o perturbaba el orden por acaso el momentáneo tropel de alguna riña.
Era arriba el tole-tole, eran en el foyer, en los salones, el barullo, el alboroto, los chillidos, el bullicioso entrevero, el cotorreo enervante, exasperante, de dos mil mujeres criollas disfrazadas, desatadas al amparo del disfraz...
