En la sangre

En la sangre

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- XXXV -

 

Pasarían en el campo la luna de miel, lejos, en una de las propiedades del padre de Máxima, fronteriza, al Sud.

Poco después de celebrado el matrimonio, pretextando razones de salud, iría a reunírseles la señora. Quería encontrarse junto a su hija, que no estuviese ésta sola, avanzada como se hallaba en su embarazo; acompañarla, atenderla, prodigarle, en el angustioso instante del parto, sus cuidados solícitos de madre.

Y llegó así el mes de noviembre, habitando bajo el mismo techo los tres; viviendo no obstante como extraños entre sí.

Máxima siempre en casa, con la madre, ocupada en alistar, en preparar de antemano la ropita necesaria al chiquilín, atareada en su labor, noche y día dominada por la idea única de su hijo.

¿Su marido?

Poco, nada casi lo veía; al almorzar, al comer a veces, si era que no pasaba ausente aún esas horas Genaro, que no había, desde temprano, salido al campo a caballo o en carruaje.

Mejor, sí, mil veces mejor, mil veces preferible vivir así, uno del otro alejados. Era el sosiego, la calma, la paz por lo menos, ya que no la dicha a que ella, como las otras, habría tenido derecho de aspirar sobre la tierra.


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