En la sangre
En la sangre
Fueron cuatro los coches: el fúnebre con plumeros negros y una figura como a modo de ángel, fabricada arriba, hincada y de cruz.
Estacionaban luego los otros tres, de plaza, transformados, como disfrazados de «librea», con ayuda del sombrero de castor y de la levita de los cocheros.
En la cuadra, la gente alborotada desatendía sus quehaceres; las mujeres, algunas con criatura en los brazos, salían, poblaban las puertas, invadían las veredas, se saludaban, hablaban en voz alta del suceso, lo comentaban; uno que otro hombre mezclábase a la conversación.
De vez en cuando, por entre las rejas de alguna «casa decente», asomaba el óvalo de un ojo, la punta de una nariz, mientras, frente mismo a lo del muerto, en media calle, los muchachos amontonados se volteaban a empujones por mirar. Era que sacaban el cajón en ese instante, entre seis, a pulso, por el zaguán.
Pero la puerta resultó angosta para salir de frente; tuvieron que perfilarse, cambiaron de mano, forcejearon, cayeron al empedrado, oyose el asiento de sus pisadas tambaleando con el peso como caballos de carro al arrancar.
Seguía un carruaje de luto detrás del fúnebre. El almacenero y dos más, como a guisa de parientes, lo ocuparon, hicieron subir con ellos a Genaro.
