En la sangre
En la sangre
Pero una a una, como las cuentas de un rosario, nuevas obligaciones se sucedían, nuevos plazos se cumplían. Un vencimiento, entre otros, de treinta mil duros y pago íntegro, traía a Genaro preocupado.
Se le venía encima en esos días... ¿A qué santo encomendarse, apelar a Máxima haciéndole otra entrada?
Mansita la había largado, como para salirle con ésas ahora y tener una de a pie los dos, y volverse él con una mano atrás y otra adelante, que era lo más probable, lo más seguro, dada la actitud de su mujer, según se había mostrado de cocorita, el modito que había tomado, el geniecito que había revelado tener, ¡el mismo genio del viejo su padre!...
Nada, friolera, una zoncera, treinta mil pesos fuertes...
Pero, estúpido pensó, llegó a ocurrírsele de pronto, ¿a qué ponerse a hablar de fuertes, con qué necesidad? Bastaría decirle, hacerle creer a la otra que eran pesos papel, pesos moneda corriente. ¡Medio embarullaría el signo $ él al llenar la letra, leería pesos ella; o ni eso, ni leería, ni se fijaría y más que mala, más que perra se portara, yendo a negarle su firma por semejante bicoca!...
