En la sangre
En la sangre -No.
-¿No?
-¡Una y mil veces no!... Soy la dueña yo, me parece...
-¿La dueña dices? ¡De tu plata, pero no de tu culo... de ése soy dueño yo!...
Y arrojándose sobre ella y arrancándola del lecho y, por el suelo, a tirones, haciéndola rodar, dejó estampados los cinco dedos de su mano en las carnes de su mujer:
-¡Miserable!, -gritó Máxima corriendo desaforada, yendo a ocultar su vergüenza -¡Miserable!, -oyósela que exclamaba desde la habitación contigua- ¡miserable, miserable! -repetía más allá, brotaba palpitante esa única palabra de su labio, como sangre que fluyera de la herida mortal de su pudor.
Él, entretanto:
-Andá no más, hija de mi alma... no son azotes..., -gruñó- ¡te he de matar, un día de éstos, si te descuidás!
