En la sangre
En la sangre Y el alboroto aumentaba en derredor del neófito infeliz; se reían ahora, descaradamente se burlaban de él, se le echaban encima, lo empujaban, o, haciéndose los distraídos, le pisoteaban los pies.
Uno por detrás, estimulado, enardecido, fue hasta «sumirle la boya»; otro, de una zancadilla, largo a largo, lo hizo caer.
Interesados en la broma, acudían de todas partes, en un empuje malsano de torpe curiosidad, un enjambre se agolpaba, y perseguido, acorralado, acosado como las moscas en los hormigueros, sacáronlo al fin en andas hasta la puerta de salida, arrojándolo a empellones a la calle.
No había llegado aún a cruzar a la otra acera, cuando oyó que sin querer soltar la presa, encarnizados sus contrarios se desgañitaban gritando:
-¡Cola, dejá a ese hombre; cola, dejá a ese hombre!...
La alegría de los transeúntes hacía coro, el alboroto, las carcajadas de las cocineras saliendo del mercado con sus canastas, la rechifla de los changadores parados en la esquina.
Rabiosamente entonces, de un revés se arrancó Genaro un enorme muñeco de papel que le habían colgado los otros del faldón en la «chacota».