En la sangre
En la sangre -¡Madonna, Madonna Santa...! -atinaba tan sólo a repetir ella, mientras gruesa, madura, majestuosa, un velo negro de encaje en la cabeza, un prendedor enorme en el cuello y aros y cadena y anillos de doublé, muchos en los dedos, hallábase de pie junto al catre la partera.
Se había inclinado, se había arremangado un brazo, el derecho, hasta el codo; manteníalo introducido entre las sábanas; como quien reza letanías, prodigaba palabras de consuelo a la paciente, maternalmente la exhortaba: «¡Coraque Duña maría, ya viene lanquelito, é lúrtimo... coraque!...»
Mudo y como ajeno al cuadro que presenciaban sus ojos, dejose estar el hombre, inmóvil un instante.
Luego, arrugando el entrecejo y barbotando una blasfemia, volvió la espalda, echó mano de una caja de herramientas, alzó un banco y, sentado junto a la puerta, afuera, púsose a trabajar tranquilamente, dio comienzo a cambiar el fondo roto de un balde.
Sofocados por el choque incesante del martillo, los ayes de la parturienta se sucedían, sin embargo, más frecuentes, más terribles cada vez.
Como un eco perdido, alcanzábase a percibir la voz de la partera infundiéndole valor:
E lúrtimo... coraque!...
