En la sangre
En la sangre
A fines de año, una vez, entre un crecido número de sus condiscípulos, acababa Genaro de bajar la ancha escalera que del salón de grados llevaba a la planta baja.
Iba y venía intranquilo, vagaba de un sitio a otro, acercábase a los grupos, escuchaba hablar a los demás, con esa expresión extraña en el semblante de quien hace por oír y no acierta con lo que oye, ensimismado, absorto, abismado por completo en una preocupación única: su examen.
Era que jugaba el todo por el todo él en la partida, que era cuestión para él de vida o muerte, se decía. Un resultado adverso, un fracaso posible, en la prueba a que iba a verse sometido, importaba, no sólo la pérdida de largos años de estudio, de una suma inmensa de constancia y de labor, sino, lo que era a sus ojos mucho más, el sacrificio de su venganza, su plan frustrado, sus esperanzas desvanecidas para siempre; jamás en presencia de un rechazo, de una reprobación desdorosa que sobre él fuese a recaer, llegaría a sentirse con valor bastante para perseverar en la ardua lucha, para obstinarse con nuevo ardor en sus designios.
