En la sangre
En la sangre «¡Bah!», sucedíale luego exclamar en un brusco retorno sobre sí, preocupación, quimeras... era estúpido, insensato dar oídos a semejantes absurdos, engendros de la ignorancia, vanas necias aberraciones de la imaginación asustadiza del vulgo.
No le faltaba sino ponerse a creer en brujerías, él también, en gettaturas y usar cuernos de coral como su padre después de comprar reloj...
Sí, evidentemente, sí... pero, ¿por qué, sin embargo, esa extraña coincidencia de tres trece reunidos?
Y una cavilación lo trabajaba, ocupaba su cabeza; emanaba del fondo de su ser una secreta y misteriosa influencia a la que le era imposible sustraerse, un supersticioso temor, latente en él, al culto de lo prodigioso, de lo sobrehumano, irresistiblemente lo arrastraba con todo el ahínco del ciego fanatismo de su casta.
El momento supremo se acercaba, iba la hora a llegar, a ser su nombre pronunciado; solo, en medio del silencio, saldría, se desprendería de entre los otros, avanzaría, se aproximaría a la mesa.
Él mismo, semejante al reo que hace entrega de su persona, con mano trémula y vacilante iría a sacar de la urna una bolilla, la primera, la última, cualquiera... la bolilla augurosa, el número fatídico, cabalístico: trece... ¡era fatal!...