En la sangre
En la sangre Salieron los otros a su vez, buscaron, registraron con un ahínco, con un encarnizamiento de perros ratoneros revolvieron de arriba abajo la casa, preguntaron a los mozos, al patrón; ninguno de ellos lo había visto, nadie supo dar razón del desaparecido.
-¡Al bajo, a los bancos del paseo se ha de haber largau cuando menos a tomar el fresco el muy mandria!... -dominando el confuso toletole saltó de pronto como inspirada una voz.
¡Seguro pues, era claro, era evidente... no haber caído antes en cuenta, zonzos!...
Y resolvieron sin más ni más dirigirse todos al bajo.
Pero en la esquina, a mil leguas ya del objeto que los llevaba, porque sí y como si un viento los empujara, siguieron calle derecha al Sud.
Caminaban como en tropel, pisándose los talones, hablando a un tiempo en alta voz, pidiendo el fuego a los transeúntes, sin echar de ver que llevaban ellos mismos encendidos sus cigarros.
No faltó frente al atrio de la Merced, quien declarara que no pasaba de allí; se obstinara como caballo empacado, se sentase sobre los escalones del pretil y comenzase a entonar a voz en cuello el himno patrio.