Música sentimental
Música sentimental En la calle, tuve una tristeza. Acababa de cometer casi una infamia; esta idea me atormentó.
Una mujer había bastado, ¡y qué mujer!
Cien veces se me había cruzado en el camino y cien veces había yo seguido de largo con el gesto indiferente del que está harto y a quien ponen nuevos manjares por delante.
¿En qué estribaba, entonces, mi orgullo y mi soberbia, ese sentimiento altanero de menosprecio hacia los otros, a qué ese encierro de mi yo en los míos, a qué el círculo estrecho de elegidos de donde no habían salido jamás mis afecciones, las afinidades íntimas de mi alma, en el que había vivido siempre, pegado como una concha a su tosca, porque sólo en él encontraba a los que creía mis iguales?
¿Mis iguales?
Mis iguales eran todos ahora, era cualquiera. Contagiado, manchado yo también, podía tenderles la mano y confundirme con ellos en un abrazo común.
¿No había estado a punto de delinquir como el más vulgar de los pillos, de hacer traición a la amistad y a la fe, de engañar a un hombre que confiaba en mí, de ofender, en un arranque de pasión salvaje, a la mujer que, purificada al fuego de un sentimiento grande, simbolizaba a mis ojos la virtud?
