Música sentimental
Música sentimental El conde estaba lÃvido, la cara demacrada, los ojos en la nuca, pero hecho, sereno, entero o, mejor, afectando esa entereza, merced a un absoluto imperio sobre él mismo.
La vergüenza, la rabia, la venganza, acaso el amor y los celos, libraban, evidentemente, una batalla en aquella pobre alma hecha pedazos.
El bribón de Pablo, como si tal cosa; perfectamente impasible y perfectamente frÃo. Una ligera contracción del labio superior se habrÃa notado apenas en su cara fijándolo de cerca. Era todo.
Empezó a echarlo a la broma muy suelto de cuerpo:
—Lo voy a parar de punta al francés, si se descuida.
—Eso es, compadree no más usted. Que la vaca le salga toro y yo lo he de ver; ha de ser muy capaz, al último, de hacernos quedar peor que en Cagancha —le dije, como alcanzándole, por las dudas, una copa de pajarete.
—¡Chancho primero! —soltó, brillándole los ojos en una mirada insolente de criollo engreÃdo y, sacando un cigarrillo negro, se puso a armarlo con toda cachaza.
