Música sentimental
Música sentimental Sondeada la herida y aplicados los vendajes, el médico dejó sus instrucciones: dieta, tragos de agua fría, si había sed, y una poción calmante para el caso en que sobreviniera fiebre.
Se despidió, luego, diciendo que volvería en la tarde.
Por pedido mío, consentía en hacerse cargo del enfermo.
Un sueño pesado, profundo, una especie de letargo, cerraba los párpados de Pablo después del golpe tremendo que conmoviera su ser.
Los postigos entornados arrojaban al cuarto una oscuridad terrosa, triste manto tendido sobre el lecho de los que sufren como un velo precursor de las tinieblas del sepulcro.
En el aire, un olor acre y penetrante de botica; sobre la mesa de luz algunos frascos: armas para la guerra contra el mal; un silencio taciturno en medio del tic-tac repetido del reloj y, en un rincón, partiendo la penumbra, un rayo brusco de sol semejante al filo lustroso de una daga que, en la lucha eterna de la vida con la muerte, hubiera querido hundir la luz en las entrañas de la sombra.
Parada junto a la cama, Loulou, inmóvil, la cabeza volcada sobre el pecho, los ojos fijos en Pablo, gruesas lágrimas lamían silenciosas sus mejillas.
