Música sentimental

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IV

El teatro empezaba de despertar de su sueño de veinte horas en un ambiente mohoso de encerrado, para presenciar por la centésima vez la representación de la misma farsa.

La vieja araña colgada del cielo raso, con sus picos a media fuerza y sus facetas de vidrio pardo, lo bañaba en una semiluz polvorienta y avara que blasfemaba con el oro de un decorado de cargazón.

Las capas de arriba se hallaban repletas ya de blusas y de cofias, público de franco y medio que, por no perder una coma de lo que empieza a verse a las ocho, hace cola en la calle desde las cuatro. Grupos de hombres y mujeres entraban a su vez y ocupaban sus asientos en la platea, balcones y palcos, mientras los de la orquesta, con sus caras demacradas de abrutis, templaban el instrumento, compañero de miserias, ganapán del oficio, para una de esas musiquitas canallas como la índole del espectáculo a que sirven de preludio.

—No comprendo —exclamaba Pablo mirando de arriba abajo—, cómo estos teatros tan chicos llegan a costearse pagando artistas de primer orden.

—Es, sin embargo, bien fácil de comprender. ¿Cuántas personas cree Vd. que caben aquí?

—Quinientas, cuando más.

—Se equivoca: mil.

—¿Mil? ¿Dónde, cómo?


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