Música sentimental
Música sentimental Empezaba para Loulou la larga serie de quebrantos, la agonÃa, la muerte prolongada que se vive a la cabecera de un enfermo.
Eran los dÃas angustiosos pasados en la cruel expectativa de los progresos del mal; las visitas ávidamente esperadas del médico, ese apóstol admirable cuyo saber se befa, cuyo sacerdocio es un objeto de escarnio, mientras el vago rumor de la amenaza llega apenas a nosotros perdido en la distancia de los tiempos, y a cuya mirada frÃa, investigadora, profunda, pretendemos, entretanto, como a un libro de sibila, arrancar los arcanos del futuro, en la omnisciencia que la mente asustadiza y cobarde le atribuye cuando la obsesión del peligro nos asalta.
Eran las noches interminables veladas en zozobra; el tacto ansioso de la piel abrasada por la fiebre; el torrente de fuego de la sangre batiendo su redoble seco y vertiginoso sobre las arterias del pulso mil veces consultado: las horas infinitas girando con una lentitud desesperante en la esfera del reloj; la postración de los miembros destroncados, acusándose, de pronto en un torpor afanoso de los sentidos, pendientes los brazos, volcada la cabeza, ni sueño, ni vigilia, donde las mismas lúgubres visiones nos persiguen, más negras, más pavorosas aún, envueltas en el monstruoso miraje de la fantasÃa desenfrenada.
