Música sentimental

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XXV

La asistencia de aquel hombre, respirando sin cesar el olor a corrompido que subía de su cuerpo en un envenenamiento de la atmósfera; el manoseo repetido de sus llagas en las frecuentes curas diarias; la violencia impuesta a la repulsión de los sentidos; el esfuerzo enorme de la voluntad para impedir que el estómago se sublevara en ansias de asco, que los ojos se alejaran con horror de aquella vista; los días y las noches sucediéndose inacabables, sin sueño y sin descanso, deshecho el cuerpo, el alma lacerada, estallando de pronto en deseos ardientes de acabar, de ver el fin, un fin cualquiera, harta ya de sufrir, resignada a todo de antemano, para volver a rebelarse después, ante el cuadro pavoroso de la muerte, perseverando en la lucha con más ahínco que nunca; la vida, en fin, cara a cara con aquel étalage repugnante de miserias, exigía, para poder ser sobrellevada, la santa caridad de la mujer bebiendo en una fuente inmensa de cariño.

No vi flaquear a Loulou un solo momento.

De acuerdo con la indicación del médico, propuse llamar a otra persona, a una hermana de caridad, o bien a una mujer asalariada, de esas que se ofrecen en las casas para cuidar enfermos.

No quiso.


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