Música sentimental

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XXVI

En una de sus visitas, el médico acababa de llegar.

Loulou, pronta a recibirlo, había colocado sobre el borde de la cama la palangana llena de agua fenicada.

En un instante hubo destapado a Pablo; levantó las telas impermeables puestas por encima de las compresas, apretó una esponja sobre estas, las sacó luego lentamente y empezó entonces a lavar la herida.

Daba vueltas la esponja entre sus dedos, la paseaba por la carne abotagada y roja, la sumergía en el agua, la escurría después.

Su mano iba y venía liviana, ligera, suave, como complacida en acariciar aquel montón infecto de materia enferma, con la delicadeza de un abanico de plumas rozando la epidermis.

Ni una leve contracción, ni el más imperceptible gesto de disgusto se observaba en ella. Abstraída por completo en su tarea, su rostro expresaba sólo la solicitud tierna y prolija del bueno haciendo el bien:

—Mis cumplimientos, señora; tiene usted una mano hábil.

—Gracias a sus lecciones, doctor.

—Aprovechadas por usted de tal manera que, a este paso, pronto seré yo el que deba recibirlas.

—Tiene razón, doctor —apoyó Pablo con calor—; todo lo que le diga es poco: no es una mujer, es un ángel.


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