Música sentimental
Música sentimental Afuera, había estallado una tormenta, una de esas tormentas bruscas, repentinas, cargadas de electricidad, ilusiones de verano en los inviernos calientes del mediodía.
Sobre las olas embravecidas del mar, semejante a un hervidero de plomo, las nubes, castigadas por el látigo del viento, asomaban a lo lejos en tumulto, en negros pelotones, como soldados envueltos entre el polvo de una derrota.
Remontaban, después, se alzaban al acercarse. Habríase dicho que, viendo a la distancia las montañas, estorbo atravesado en el camino, tomaban a tiempo arranque para pasarlas de un salto.
De pronto, se partían en desgarros luminosos. Las sombras vencedoras del sol agonizante entre los últimos asomos del crepúsculo, cedían a su vez, vencidas un instante por la claridad cruda y fugaz de los relámpagos, enormes fuegos fatuos.
A su brusco resplandor, los árboles azotados parecían agazaparse de intento, dando la espalda al viento y haciéndose chiquitos para aguantar el chubasco, mientras el trueno, saltando de hueco en hueco, rebotando entre las rocas, más remoto cada vez, iba a perderse al fin en el silencio del espacio, como el eco destemplado de las tormentas humanas se pierde en el silencio de los tiempos.
