Música sentimental
Música sentimental —He estado oyéndote con religiosa atención, mi hijita —repuse después de haber concluido de mascar con toda calma mi último bocado de camembert —, y no te oculto que me has tenido seriamente preocupado. Has dicho tantos despropósitos, has hablado de cosas tan disparatadas, de abnegaciones, sacrificios y otros desatinos tan fuera del tiesto, tan poco en concordancia con la Ãndole de tu afición a Pablo, que ha habido momento, te aseguro, en que he llegado a figurarme que no estabas nada buena de la cabeza. Por suerte, el final de tu cuento me deja completamente tranquilo. Ese arranque último, eso de la rabia y la protesta, me prueba que estás enamorada y no loca. Como el otro, ni más, ni menos. Él también querÃa matarte, si mal no recuerdo, creo que para que te hicieran de nuevo y agarrarte flamante o algo asÃ. SÃ, mi hija, por mucho que te quedes con la boca abierta, asà es no más. Un vuelco completo, sencillo de explicar, por otra parte, se ha producido en Pablo. Lo ha puesto que quema. ¿Le durará el entusiasmo? No lo sé; pero lo que sÃ, te repito, lo que sà te puedo afirmar, es que se anda saliendo solo de la vaina. Si no te encontraras en el estado en que te encuentras, te dirÃa, probablemente, que maldito lo que les convienen, ni a ti, ni al otro, estos amores de ultratumba, agregando que harÃas perfectamente en deshacerte cuanto antes de tu amante, aunque fuera mandándoselo de regalo a tu rival. AsÃ, todavÃa, serÃa como habrÃas de salir perdiendo menos. Pero, en fin, eso no es posible, el muchachito te lo impide y no hay que hacer, ¡las crÃas obligan! Déjate, pues, llevar por la corriente… ¡a la de Dios que es grande! Ahora, sÃrveme el café.