Música sentimental

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—¿Se asombra usted, no es verdad, un individuo joven y robusto, cree que es imposible, absurdo lo que le digo? Así el exterior engaña, así inducen en error las apariencias. Fuerza, vigor, salud, todo se ve reunido en ciertos hombres, hasta exceso, plétora de vida parece que hay en algunos, se diría que el tiempo mismo fuera impotente de quebrar la resistencia de sus constituciones de fierro. Son esas plantas exuberantes de savia cuya corteza tersa y dura parece desafiar hasta el filo del hacha que las parte, mientras tiene el corazón podrido, taladrado por bichos que las devoran. Aquí, el taladro, el gusano roedor se llama sífilis. Tal es el caso de ese joven. La enfermedad latente en él, minándolo sordamente, haciendo un trabajo oculto de zapa en su organismo tarde o temprano habría acabado por estallar. Hoy, la herida ha precipitado su explosión. El desorden traumático, revolviendo los humores, la ha arrojado a la superficie como la agitación de las aguas pantanosas levanta el barro nauseabundo que fermenta en su fondo. Debo prevenir a usted, por otra parte, que esa desgraciada mujer y que usted mismo se encuentran en peligro. Los últimos accidentes producidos, esas lesiones que ha visto en la boca y la garganta, son el agente más poderoso de infección que se conozca, el que más contribuye a perpetuar el vergonzoso mal, propagándolo en el matrimonio y fuera de él. No basta, en efecto, que el contacto inmediato lo inocule. Un simple descuido puede así mismo transmitirlo, un objeto cualquiera que haya servido a la persona atacada, un vaso mal lavado, por ejemplo, en el que la aplicación de los labios del enfermo haya dejado restos del líquido virulento. Tenaces, obstinadas, persistentes, desapareciendo un momento, reapareciendo después, cuando se creen extinguidas ya, son tanto más temibles y más graves, cuanto la enfermedad encuentra siempre en la naturaleza humana un terreno desgraciadamente fecundo para desarrollarse y crecer, cualesquiera que sean la edad, el sexo y el temperamento. Mi carácter de médico y los deberes que sobre mí pesan como tal, me ponen en el caso de hablar a usted de estas cosas, de decirle la verdad, de hacerle conocer el riesgo a que usted y principalmente esa señora están expuestos, a fin de que puedan evitarlo, en la inteligencia de que todas las precauciones que lleguen a tomar son pocas.


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