Música sentimental

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Al sentir el roce de aquella boca enferma, como al contacto de la baba negra de un pulpo que se le hubiera prendido de los labios, un grito indecible de asco salió de su garganta y atiesándose toda entera en una convulsión suprema de mosca presa entre las telas de una araña, logró quitarse de encima a su querido, arrojándolo de golpe a un lado y huyendo despavorida hacia la puerta. Éste, ensañado, furioso, ciego, la siguió, llegando a agarrarla del vestido antes de que ella hubiese hecho girar el picaporte.

La lucha continuó entonces más viva, más encarnizada entre los dos. Sacando aliento del torrente artificial de vida que la pasión derramaba sobre él en aquel instante, fuerte de la fuerza de su fiebre, Pablo, al fin, abrazó de la cintura a su querida, la alzó y corrió con ella. Deshecha, rendida, inerte, la tenía apretada ya contra el filo del colchón, pero bruscamente, llegando la cama a resbalar sobre sus ruedas, Loulou cayó de espaldas al suelo, sufriendo en el golpe todo el peso del cuerpo de su amante, que largo a largo cayó sobre ella.

Se oyó un «¡Ay!» ronco, algo como un ruido de estertor.

Pablo, implacable, iba a consumar, sin embargo, el acto salvaje de violencia, cuando un terror lo acometió: su apetito brutal iba a saciarse en un cuerpo inerte y frío, creyó tocar un cadáver, profanarlo.


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