Música sentimental
Música sentimental Pocos momentos después, entrábamos a un cabinet de dicha casa por un pasadizo angosto oliendo a recalentado.
La alfombra era de Oriente. Los muros, el techo y los muebles, entre los que figuraba una otomana ancha y blanda, tapizados de lampás.
En un tiempo, todo aquello debió haber sido muy bonito. Pero las manchas pardas de vino y de comida de que se hallaba cubierto el suelo, salpicadas las paredes y chorreados los asientos; el negro de humo de las bujÃas pegado a los tejidos y al dorado de la madera; el cristal de los espejos rayado a sortija, un «je t'aime» entre una fecha, una Coralie y una insolencia; el défraîchi de treinta años de servicios escabrosos, en una palabra, imprimÃa al interior aquel algo del aspecto del coche de alquiler mugriento donde uno entra mirando con recelo y levantándose los faldones para sentarse.
Lo que no impide que Pablo se creyera transportado a un cuento de hadas.
¿Quién, en la edad loca de las ilusiones, deslumbrado por el resplandor fosfórico del mundo, ofuscado por sus fuegos fatuos, no ha pasado por ah�…
Fiebre de vida, hambre de gozar, he ahà lo que se siente; mujeres que la aplaquen, he ahà lo que se busca; impúdicas que la harten, he ahà lo que se prefiere.
Es que, al lado de la voz imperiosa del instinto, está el grito destemplado y chillón de la vanidad.
