Música sentimental

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Loulou, frente a un espejo, ocupada en tironearse la bata de un vestido a media espalda con un gesto rabioso de mal humor porque la cruche de su costurera, decía, la había fagotée de una manera absurda, como si ella tuviera algo que tapar, al oírlo, dio vuelta de pronto y, arrebatando de manos del solemne personaje el catálogo impreso de los trescientos setenta y tantos platos de que se compone el repertorio francés:

—Lo que le mande yo —exclamó con énfasis—. Ça me regarde. Traiga usted ostras para empezar, ostras verdes; luego, un moc-tortue del verdadero, se entiende; unas écrevisses bordelaises; pollo trufado; camembert, frutas y, como vino, Roederer desde el principio hasta el fin.

—¿Qué, no se te ocurre otra cosa? —le pregunté tranquilamente, mirándola de soslayo.

—C'est tout.

—Y, sin embargo, te has olvidado del postre.

—Garçon, ¡pólvora! —dije después con toda calma—. Así estamos seguros de reventar.

Honores fueron hechos por los otros a las ostras y a la sopa en el silencio del primer momento de mesa. Silencio laborioso consagrado al pienso de la bestia; interrumpido sólo por el choque de una cuchara contra un plato, el rechine del cuchillo que lo rasca, el crujir del pan bajo los dientes y algún sorbo plebeyo, acaso, sonando con un ruido gordo de sumidero.


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