Música sentimental
Música sentimental El lomo de los Alpes se corta a pique.
Parece que una pala inmensa movida por algún brazo de cíclope, ha sacado una tajada a la montaña y la ha tirado lejos al mar.
En aquel rincón dejado de Dios el hombre ha creado un edén.
Desde la tierra donde echan raíces y crecen confundidos el cedro, la magnolia, el naranjo y la araucaria, hasta las flechas que rematan la construcción soberbia del casino, todo le pertenece, todo ha sido puesto allí por arte de hombro y de trabajo.
Era un hueco de piedra solitario y árido. Hoy es un nido de verdura, un lugar encantador, el pedazo de país más lindo, el cuadro más adorable que me haya sido dado mirar jamás.
Arriba, sobre la cresta colosal de roca, perdida en lo remoto, la región blanca a la que el sol, aburrido de brillar, harto de luz, arroja las sobras de sus rayos.
Bajando, una mansa primavera, las curvas fantásticas de un parque, un laberinto de jardines, un mosaico caprichoso de villas y de hoteles: Montecarlo.
Abajo, el tren que pasa serpenteando y entra al túnel como una anguila enorme ganando la cueva en los socavones del arroyo.
Y, allá, más abajo todavía, al fin, la pampa azul.
