Música sentimental

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Llegué, me bañé, me vestí, comí y fuime… al juego, naturalmente.

En Montecarlo, es fatal. Todos los caminos conducen allí, a esas cuatro paredes, refugio de vagos, guarida de pillos y de tontos, donde jamás sé entrar sin una impresión compleja.

Los altos de oro y plata que se apilan y desparraman a una señal de la suerte, la voz hueca de los empleados, el ruido monótono del marfil saltando entre las casillas, los montones de hombres y mujeres que van, que vienen, se empujan y se aprietan en voz baja alrededor de las mesas, todo aquel incesante brouhaha me hace el efecto de una colmena humana trabajando en deshacer, en derramar la miel que ha recogido para que se la beban los zánganos de la Banca y el príncipe de Mónaco, otro zángano.

Luego el olor a metal sucio que se toma —el mismo olor de las piezas de cinco francos— el tinte lívido de los objetos bañados por el verde-gris de las cortinas, el aspecto terroso, el color de muerto que afectan los semblantes, las facciones descompuestas, los ojos hoscos clavados sobre el azar por la avidez del lucro, la vista toda de aquel cuadro único en el mundo, su sello original, sus sombras negras, despiertan en mí una idea vaga de desconfianza y de miedo, un no sé qué melancólico y triste, algo como una alarma lejana, como una visión de ruina.


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