Música sentimental

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XI

Estaba en el mismo lugar; seguía jugando:

—No insista, amigo, no sea chambón —le dije en voz baja, acercándome a él por detrás—. Mire que, cuando uno anda en la mala, es para peor encarnizarse. Deje que dé vuelta la suerte; levántese. No le ha de faltar tiempo después para desquitarse.

—¡Oh! Lo que juego no merece la pena. Arriesgo una miseria yo, nada más que por matar el tiempo —me contestó entre risueño, cortado y sorprendido, al encontrarse de manos a boca conmigo.

—Mucho o poco, es siempre cosa de zonzos eso de dejar que lo estén pelando a uno. Levántese, vamos a fumar un cigarro y a charlar un rato. Y bien, ¿qué diablos es de su vida? —proseguí, mientras ambos nos dirigíamos al café—. Se me hizo usted humo en París y ni vivo, ni muerto.

—Es cierto, soy un sin vergüenza, un ingrato, pero ¡qué quiere! Andaba siempre con ganas de ir a verlo y el tiempo pasaba, entretanto y mi visita se quedaba en proyecto, cuando, un buen día, alcé campamento y salí precipitadamente, con intención de recorrer la Italia. Fue un viaje improvisado, una idea del momento. ¿Pero, no recibió una cartita mía anunciándole mi partida y despidiéndome de usted?

—No.

—¡Es extraño!


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