Música sentimental

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—Sí, pues, ¡no se le ha puesto a la hija de mi alma tomar su papel a lo serio, jurarme que me adora y querer que vivamos los dos eternamente a amor corrido! Un idilio, en suma, una edición de Pablo y Virginia corregida y aumentada. Tengo para mí, ¡Dios me perdone!, que hasta llegaría a conformarse con dragonear de Eloísa, siempre que yo fuera su Abelardo y aun a trueque de verme rebajado al nivel del inofensivo personaje. Suave como una badana, fiel como un pichicho, mansa como un guacho criado en las casas, buena, cariñosa, sensata, económica, es un dechado de virtudes domésticas, un modelo acabado de perfecciones. Si la reto, se pone a llorar, si me enojo, me pide perdón, si me duele una uña, me vela, si se me antoja jugar cuatro reales, gastar aunque sea una bicoca, su señoría se permite echarla de Catón y predicarme moral. El otro día, sin ir más lejos, por ver si la corrijo, si la enderezo y la obligo a agarrar la calle del medio, quise comprarle en lo de un joyero de Niza un par de aros de veinticinco mil francos. No hubo forma. Empezó toda azorada a decirme que si me había vuelto loco, que ella no me pedía ni necesitaba nada, que en vez de tirar el dinero en porquerías, lo empleara en algo positivo, ¡que llevara los veinticinco mil francos y los pusiera en qué sé yo qué caja de ahorros que me nombró! ¿A que no se figura para quién?

—¿Para los pobres?


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