Música sentimental

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—¿La madre? ¡Allá se las avenga como Dios la ayude! Usted comprende que yo no puedo dejar a mi hijo en manos de una degradada aunque sea su madre. ¿Qué vida, qué porvenir espera a la desgraciada criatura, con un ejemplo como ese por delante, ser un cachafaz o una loca? ¿Qué me hago con Loulou, por otra parte, a dónde quiere que vaya con semejante hipoteca encima del alma, ni qué deberes lo ligan a uno tratándose de una mujer así? ¡Oh! Si fuera una doncella honesta y candorosa, lo sé, no me quedaría más camino que cargar con ella y en el pecado llevaría la penitencia; sin embargo de que nunca ha podido entrarme bien eso de que hemos de ser nosotros los pecadores, ni sé hasta qué punto sea legal que las mujeres tengan monopolio para declararse víctimas ilustres de nuestras artimañas, cuando, en materia de doblez y picardías, son ellas las que pueden darnos veinte vueltas. Pero bien, legal o no, justo o injusto, se trata de Loulou, por el momento, de Loulou que se halla lejos de ser doncella y candorosa, que no es ni honesta, ni viuda siquiera, de Loulou que es lo que es y de la que estoy, se lo repito, hasta los tuétanos. Yo no he venido aquí buscando amor, sino placer; yo no quiero que me quieran, sino que me diviertan, que me engañen, que me exploten, que se rían de mí, pero que me hagan gozar, que me den pour mon argent, y maldito el goce ni la diversión que encuentro en ser como una especie de primo donno de Loulou. No es la vida insulsa del hogar lo que busco, lo que me pide el cuerpo no es la miel del himeneo, el plato desabrido de la familia. Para eso me quedo en mi tierra y hago lo que mis paisanos: casarme imberbe con una polla de calzones, tener un hijo cada año y llegar a viejo rodeado de un enjambre de criaturas, sin haber visto más, ni saber otra cosa de la vida, que mi mujer, mis muchachos, el club, la calle de Florida, Colón, Palermo y, si acaso, los baños de los Pocitos. El programa no me hacía feliz, se lo confieso. Mi cabeza soñaba con otros horizontes, mis pulmones necesitaban otro aire, mi paladar y mi estómago me pedían otros manjares que puchero y asado y dulce de leche. Se me hacía agua la boca al pensar en el bisque de Bignon; por eso vine. Desgraciadamente, contaba sin el difunto. La mujer esta con su amor de cuerno está embarullándome el juego, me está perjudicando, robando, saqueando como en el callejón de Ibáñez… Pero ¡voto va!, entiendo que no sea así. En la primera ocasión que se presente la avento a los infiernos, echo a rodar con todo, me proclamo emancipado, sacudo el yugo.


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