Sin rumbo
Sin rumbo Buscaba entretanto mil pretextos para poder alejarse de su lado, le rehuía, mintiendo ocupaciones y quehaceres, trataba de pasar sus días fuera del hotel.
Alegaba deberes, compromisos, enfermos de su familia, amigos que se ausentaban, negocios que no hacía, citas, entrevistas, asuntos en la Bolsa que no pisaba jamás.
Se encerraba en su casa; no leía.
Exclusivista intratable, nada admitía que no fuera de su escuela, para él, no había más Dios, ni más santos que los suyos.
Quería que se cortara por lo sano, en carne cruda, verdad, realidad, vida.
Lo demás, era como asistir a una función de títeres, espectáculo bueno para idiotas y muchachos.
Apenas, de tarde en tarde, le era dado saborear algún primor, la última novedad, el último rasgo de alguno de los maestros.
Maquinalmente, donde el movimiento automático de sus piernas lo llevaba, en su escritorio, en su sala, se dejaba estar.
¿Por qué se quedaba allí, qué hacía?
Nada, no se daba cuenta, no sabía.
